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¿Por qué no intentar ensamblar una cosmología más amable, a través de las prácticas, tejiendo juntas
 las prácticas, la sensibilidad y las ideas (puesto que las ideas solas no cambian tan fácilmente la vida)?

                                                                                                           Baptiste Morizot

El tiempo del animalismo es el tiempo de lo imposible y de lo inimaginable. Es nuestro tiempo: es el único que nos queda.

                                                                                                        Paul B. Preciado 

Este texto es parte del libro-objeto Contenedor de la artista Macarena Quezada. Se realizaron 50 copias producidas a mano. Más información sobre el libro y la obra «Toma de muestra» en el link:
https://macarenaquezada.cl/2025/11/19/contenedor/

El texto publicado como Manifiesto junto al de Macarena Quezada:

En una entrevista con Franck Maubert, el pintor Francis Bacon revelaba que, más allá de la violencia que su obra parecía representar, su verdadero propósito era la crueldad. De aquí, la fascinación que Bacon tuvo por la imagen de un cuerpo humano abierto de canal en canal. Este hizo que sus telas explotaran de color y forma al mezclar el residuo pictórico con la esperma, el fluido y la sangre que su cuerpo eyectaba. Cuando afirma: “El olor a sangre humana no se me quita de los ojos”, Bacon evoca la profunda fusión de sentidos que experimentó en su vida. Así, dejó instalada la pregunta por cómo encarnar y fundirse pictóricamente con la muerte vivenciando en la pintura la totalidad del ser físico.

La singular manera en que Bacon percibía los sucesos históricos y biográficos, se ensambla con las impresiones fotoquímicas de Toma de muestra, serie que es parte de un dispositivo mayor realizado al interior de un contenedor de transporte para animales muertos. Pero, antes de pensar cualquier otra posibilidad para estas imágenes, me queda claro que es el cuerpo, el olor, la vista, la materia y la memoria impregnada lo que ha desplazado toda lejanía, toda posibilidad de desencuentro para la mirada, pues las imágenes se originan en y con el cuerpo animal.  Aunque este cuerpo no responde a uno cualquiera, ni tampoco es universal, es un cuerpo singular y único que la sociedad ha destinado a una existencia brutal y efímera.

Sin equívocos, en este frottage de tiempo íntimo y pausado, no hay lugar para el maquillaje o la representación, ya que el representacionismo —tal como lo analiza Karen Barad en Cuestión de materia— sería una posición poco fiable al asumir que podría existir un tipo de categorización o verdad, de tal manera que ese otro pueda ser representado. Estas imágenes pertenecen al orden del contacto directo, como es el palpar y el frotar. Son imágenes de cuerpos sacrificados, cuerpos de la vida nuda, en relación a lo que Agamben designa cuando se refiere a las comunidades disminuidas a su mero ser biológico, expuestas a una posición de exclusión estructural en la cual son asesinadas en total indiferencia e impunidad. Por lo tanto, el interior del contenedor no será solo un cubículo hermético y frío, sino un componente simbólico del capitalismo, que transporta a los animales, una vez muertos, como meras transacciones: “máquinas reproductoras” o “carne”.

Si Bacon buscó encarnar la crueldad humana volviendo latente una forma de desfiguración material, Toma de muestra encarna el encuentro póstumo e íntimo como posibilidad de relato, a pesar de que toda imagen manifiesta el súmmum de la dualidad que se cierne sobre estos cuerpos animales. Pues, el frottage fotoquímico nos revela que estos cuerpos al interior del contenedor son, al mismo tiempo, signo e imagen. Materializado aquí, como huella y residuo animal.

Toma de muestra. Pierna derecha J47.

Según narra el curador Boaz Levin, en el s. XIX la fotografía se expandió y desarrolló de tal manera que incrementó el extractivismo de la materia fósil, mineral y animal. Históricamente, el capitalismo ha explotado a los animales con un costo cero, producido por “acumulación por apropiación” (Moore). Así, una vez sacrificados, sus cuerpos alimentan a toda la cadena industrial (alimentaria, farmacéutica, armamentista, etc.). Posteriormente, es este mismo cuerpo residual el que se mimetizará en la cultura material, de la cual la fotografía es parte. Para Levin, todavía en el año 1999 “Kodak seguía procesando más de treinta millones de kilos de esqueletos de vaca al año”, convirtiendo sus vidas en una sinécdoque, en la cual sus cuerpos se volvieron parte insustituible del proceso fotográfico industrial. Sus vidas alimentaron la luz de las pantallas al tiempo que sus vidas eran apagadas.

Es a partir de la modernidad que el ensañamiento (el animal cosificado como máquina de producción) se intensifica. En Variaciones sobre la escritura (1973), Barthes propone que la legibilidad de la escritura moderna siempre va a revelar la firma o la “marca de la propiedad”. En el sistema capitalista esta marca de dominio (escritura) aparecerá en todos los acontecimientos relacionados a los animales de “consumo”, cuyos cuerpos marcados con metal ardiente comienzan a ser perforados para colocar un crotal numérico: un código que permite la trazabilidad del animal desde que nace hasta su llegada a los supermercados.

Toma de muestra. Pierna Izquierda J75

Ahora bien, el frotagge fotoquímico sobre el cuerpo animal le da permanencia a lo que queda o lo que ha sido. Esta imagen –que pertenece a una superficie corporal alterada por el proceso de la muerte– surge como un tratado afectivista, lo que Brian Holmes nombra para unir afecto y activismo. Esto, a propósito de las fuerzas movilizadoras que comienzan a proponer otras narrativas fuera de la civilidad “pactada”; afuera y más allá del discurso que ordena, excluye y normaliza. En Toma de muestra, el gesto performativo parece activar el encuentro con la memoria, con estas vidas de cuerpos tibios, vellosos, dulces y apacibles. Pero la imagen es agencia, afecta, duele y perturba.  Aun así, serán estos detalles corpóreos e impresos como zonas de luz y sombra (como lo sería un sudario sagrado y delicado), lo que va a permitir que la memoria de este instante y estos cuerpos perdure más allá de su fin.

En estas piezas de un contenido visual indefinido aparece la memoria de vidas animales. ¿Cómo distinguir sus sueños? ¿Tuvieron juegos e infancias? ¿Cómo reconstruir sus filiaciones amorosas, sus encuentros y soledades? ¿Cómo saber si para las féminas vacas y los terneros hijos existió un filtro o una veladura para la mirada ante la crueldad de la existencia? En su momento, Jacques Derrida le reclamó a los filósofos humanistas no haberse hecho cargo del tema animal haciendo las preguntas correctas. Específicamente, le recriminó a Descartes por haber irradiado la idea de un racionalismo que, en pleno s. XVII, determinó –en forma de clausura– que los animales eran solo máquinas sin almas. Pero las inquietudes de Derrida —quien ya sabía la respuesta— obtuvieron una reafirmación científica en el 2012 cuando Stephen Hawking y otras doce eminencias sepultaron en la declaración de Cambridge la creencia de una “excepcionalidad humana”.

Volviendo a la cuestión del capitalismo, es sabido que este no tiene interés en los manifiestos científicos o animalistas. Que, además, este sistema ha seguido su curso sostenido por sujetos como Zachary Ward, un alto ejecutivo de MANUKA (origen neozelandés), la mayor empresa productora de leche en Chile. Recuerdo muy bien cuando en 2013 fue grabado asesinando a martillazos a 1.500 terneros, dentro de lo que industrialmente se conoce como “defecto de producción” en contra de los terneros machos[1]. Si lo recuerdo hoy es porque el cuerpo tiene memoria y los animales también. Bacon lo expuso lapidariamente al señalar que “el olor a sangre humana no se le quita de los ojos”.

 El interior del contenedor está lleno de recuerdos y marcas, de superficies salpicadas de violencia que trae a la memoria sujetos como Ward. Pese a esto, y más allá de los actos que el discurso del capital normaliza, las imágenes directas y desprovistas de artificio de Toma de muestra van cimentando un relato de resistencia visual-afectiva. Producen desasosiego, pero a la vez contención. Ramifican el afectivismo desde los intersticios de la ternura, lo íntimo, el reconocimiento por el otro y el recogimiento de la imagen. Desde lo fotográfico inauguran lo que Andrea Soto denomina “dispositivo imaginal”, al buscar “otros modos de habitar la verdad”.  Son el tiempo de lo animal, este animal, como dispositivo afectivo y político, para hacer de este presente y los futuros cercanos, otros tiempos posibles.

Mane Adaro
Octubre, 2025.

Corrección de estilo de Ignacio Chavéz.


[1] Al momento de ser judicializado por “maltrato animal”, huyó a su país de origen luego que la empresa lo despidiera, lo indemnizara y le facilitara su finiquito.